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jueves, 6 de octubre de 2022

Frentes y duelos

 Qué difícil, diferente y necesario que es hacer esto. Dista mucho de lo que pude expresar la vez anterior; es otro duelo.

Desde hace unas semanas estoy pensando en este día, por muchas razones, y fue el martes que volviendo a mi casa me di cuenta de un cambio en el frente de un edificio que me afectó; casi me bajo del colectivo para corroborar lo que había visto. Los más escépticos dirán que es una coincidencia, pero no podrán negar lo extraña que es la coincidencia. Todos los días de la semana me tomo la misma línea de colectivos cuando salgo del trabajo, todos los días de la semana me quedo mirando ese frente -o me quedaba mirando, mejor dicho- e involuntariamente sonrío -o sonreía. Sin embargo, desde este martes, no voy a poder leer “Pekelandia” y pensar que así llamabas a la casa que compartías con tus amigos. No es que el salón de fiestas me vuelva nostálgica, es que me pongo a pensar, y ahora el cartel todo negro me hizo acordar también a un cuento de Borges, y no cualquier cuento: “El Aleph”. En las primeras líneas, el narrador reflexiona sobre la muerte de Beatriz y piensa: La candente mañana de febrero en que Beatriz Viterbo murió, después de una imperiosa agonía que no se rebajó un solo instante ni al sentimentalismo ni al miedo, noté que las carteleras de fierro de la Plaza Constitución habían renovado no sé qué aviso de cigarrillos rubios; el hecho me dolió, pues comprendí que el incesante y vasto universo ya se apartaba de ella y que ese cambio era el primero de una serie infinita. Cambiará el universo pero yo no, pensé con melancólica vanidad.

Yo desde ese instante en el que vi el frente de Pekelandia todo negro, sin rastros de los colores, me siento como el Borges del cuento. ¿Qué es esta frustración de que el mundo sigue su curso, de que los carteles cambian, ignorantes e indiferentes, sin vos? Después me acuerdo que me prometí redirigir ese tipo de emociones, no negarlas ni reprimirlas, transitarlas, pero no ahogarme en ellas. Cuando salgo de esa frustración me encuentro con otras emociones y sensaciones, tampoco fáciles, pero que siento que te merecen más.

Gonza, todavía no puedo decir tu nombre, ni escribirlo, sin sentir que se me quiebra la voz o se me humedece la mirada. No sé cuánto me va a llevar la verdad, pero eso no significa que te recuerde dentro de una burbuja de tristeza, eso lo separo de vos, tristeza me dan las circunstancias y mil de eventos relacionados más, pero tu nombre no. Tu nombre siempre va a significar admiración, cariño, diversión y respeto. Todas las personas que se hayan cruzado con vos me van a dar la razón, estoy segura de eso. Sea del tipo de relación que sea, nadie puede recordarte y honrarte con palabras diferentes a esas. Agregarán más, pero no pueden cambiarlas, sacarlas.

Gonza, feliz cumple. Feliz cumple al primo con el que compartía la menta granizada, al heladero más lindo que teníamos los domingos, al primo con el que compartí charlas interminables, con el que había empezado una tradición impulsada por su interés en contribuir en la felicidad del otro siempre un poco más. Feliz cumple, Gonza, no espero que estés en paz porque sé que lo estás. Como también estás cada vez que te cuento cada cosita de la editorial que ocurre y que te voy a volver a contar cuando nos encontremos otra vez y te vea sonreír, no solo con la boca, sino con los ojos también, igual que siempre. Beso al cielo.

Te dejo esta canción, vos sabés las razones: 



viernes, 16 de abril de 2021

Un poquito de realidad

Esto es una necesidad que tengo porque no me alcanza con responder lo que leo o conversar con la gente a mi alrededor sobre el tema ¿por qué? porque los otros no se callan.

Soy docente y lo digo con tanto orgullo que no me cabe en el cuerpo. No voy a romantizar la profesión de ninguna manera, creo que todos los que tienen un poco de sentido de la realidad saben en qué lugar de la jerarquía social nos encontramos. Sin embargo, y como cada vez que la esfera política y mediática sale a hablar, siento que es necesario recordar y aclarar algunas cuestiones sin llegar a extremos de ningún tipo (o por lo menos intentarlo). 

¿En qué lugar queda la escuela en una pandemia?

Estábamos transitando la segunda quincena de marzo del 2020 cuando nos indicaron que las clases debían continuar de manera remota. Nos acercamos a los colegios a buscar nuestros elementos, a recibir algunas capacitaciones (en la mayoría de los casos insuficientes) y a pretender cambiar nuestro chip para los siguientes quince días. Ese cambio de chip tuvo que durar bastante tiempo más. 

Cada escuela, cada docente, cada familia y cada alumno -algunos más y otros menos- debió ir desarrollando estrategias y encontrando herramientas que fueran un poco más constantes y duraderas: parecía que no volvíamos a las aulas en un corto periodo de tiempo. Implicó un desafío para todo el mundo: las clases continuaron, los alumnos tuvieron que aprender a la fuerza nuevas formas de acercarse a los docentes, los contenidos y a sus mismos compañeros; los docentes adaptaron con mucho esfuerzo y amor las actividades e incluso los temas (ningún docente realista se mantiene alejado de la realidad por mucho tiempo, aunque estemos hablando del mundo maravilloso en los cuentos infantiles, la educación está inmersa en la realidad); los colegios abrieron canales de comunicación distintos con las familias y así podemos seguir... Voy a hacer una pausa para comentar algo obvio: ¿existen docentes y colegios que no hicieron nada? Sí, lamentablemente sí. La gente que no hace su trabajo existe y eso también comprende a los alumnos y a las familias, a todos. En algunos casos, los dos grupos quieren delegar las responsabilidades en el otro y todo queda en la nada, pero también hubo familias que sufrieron la incomunicación y colegios que consideraban a sus alumnos y padres totalmente desaparecidos y no por falta de recursos (que eso lamentablemente también lo tengo en cuenta). 

Pero lo pasamos. Terminamos el 2020 y empezamos un 2021 con la promesa de la "presencialidad cuidada". Cuidada solo por nosotros, los docentes. Y me disculpo por generalizar, pero ¿saben qué? Me cansé de que generalicen en contra de mis colegas, así que sin ningún tipo de pelos en la lengua les digo: los únicos que cuidamos la presencialidad fuimos nosotros y las familias que entendieron la situación (que no son mayoría...sepanlo). Punto final. Después los políticos se encargaron de transformarlo en un nuevo asunto de división social, cuando la gran mayoría de la gente que opina lo único que tiene de escuela es haber ido en algún momento de su vida. Y ojo, no estoy poniendo en duda "presencialidad sí o no". Por mí, volvamos al 2019, dame las aulas con chicos, los pasillos con gente, los espacios compartidos, el aprendizaje mutuo ¿pero esto? ¿De qué cuidado me estás hablando vos que dejás que tu hijo haga juntaditas o, como va al colegio, le permitís reuniones que no cumplen con ningún protocolo como si el hecho de volver a las aulas hubiera normalizado la vida? Para nada. No normalizó nada. Seguimos transitando una pandemia que exhibe todas las falencias de todos los sistemas: de salud, de educación, económicos. 

¿Saben a quién tienen que escuchar? A nosotros y a los alumnos. ¿Pero los medios entrevistan docentes  reales? No los veo. Como dije antes: vagos hay en todas las épocas, profesiones y espacios, existen; pero los chicos que quieren aprender valoran la presencialidad , saben que aprenden mejor así, y no es valorarla flashear burbujas e ir aislando cada tres días, pretender que se entiendan los contenidos con todos esos cortes y hacer de cuenta que no está pasando nada cuando está pasando de todo. Así que no se hagan los defensores cuando realmente no están viendo que esto no funciona, porque no prestan atención en serio.

Lo único que hubiera podido salvar esta situación no se hizo, y era ponerse a elaborar un plan, construir un sistema aplicable y controlado para cada realidad escolar -es largo, obvio, pero los funcionarios ¿no están para esas tareas?-. Hay chicos que necesitan asistir al colegio porque no tienen conectividad, prioridad para ellos. Los que la tienen ¿qué medidas podemos tomar para que la presencialidad se sostenga, para que no ocurriera que su asistencia fuera interrumpida con mucha frecuencia? Era algo cantado que no iba a funcionar. Escuché que dijeron "Las clases no aumentaron la circulación", un chiste de mal gusto para los que no tienen auto, bicicleta o viven lejos y no van caminando. Un asco. 

De manera que, por favor, antes de repetir como un loro lo que se lee o se escucha, piensen. Si quieren no piensen en los docentes, pueden pensar en sus hijos, hermanos, primos, nietos, hijos de amigos, vecinitos ¿les parece respetuoso decir que no hacen nada en la virtualidad? Créanme que sé que no es lo mismo ¡yo hago las planificaciones de los contenidos que quiero dar! ¡yo sé qué intenté enseñar y qué no pude! Pero ayuden al sistema educativo evitando relajarse en los cuidados.  

Repito: si a algún político realmente le hubiera preocupado la educación esto no pasaba. Pero no se engañen: jamás les importó ni les va a importar. A ninguno. Todos a su medida usan la banderita como les conviene y cuando les conviene, así que lo mejor que podemos hacer los que no somos funcionarios es defender la escuela desde nuestro lugar, mostrar lo que hay, lo que pasa, ¿por qué tenemos que ponernos con el dedito acusador y disparar juicios para todos lados? Ellos no corren riesgos eh, ellos están muy cómodos viendo cómo entre nosotros nos peleamos y debilitamos. Y yo también caigo, yo también me enojo con todo lo que leo y veo de cualquier persona, porque ¿saben otra cosa más? atrás del barbijo y de las máscaras hay personas. Es una pena que todos los que trabajan en áreas de servicio muchas veces perdemos esa consideración... 



miércoles, 29 de julio de 2020

El panel

Un día cualquiera del 2019, uno que no sé a ciencia cierta cuál entre todos los caóticos de ese año, descubrió el panel en su nuca. Lo descubrió, obviamente, porque otras personas le expusieron su existencia. Estaba en la gran esfera que habíamos construido para ella.

Antes, cada vez que salía de su casa, creía que el mundo era bastante difícil, pero que tenía algunas cosas controladas. Le gustaba sentir cierto orden, cierta estabilidad. Aunque a veces me preocupaban sus preguntas sobre el verdadero sentido de la vida, en general, podía controlarla recordándole lo mucho que le gustaba leer. Hasta que un día quiso hablar y no salió nada.

Repito, no sé en qué momento específico ni cómo. Pero abrió la boca, articuló todo lo que hay que articular para producir sonidos (palabras) y no se escuchó nada. Se desesperó. Intentó encontrar razones verosímiles, probó echarles la culpa a cuestiones abstractas, a acontecimientos recientes, pero, ignoro por qué, sabía que habían sido personas de carne y hueso.

Corriendo se dirigió a una de las salas que le proporcionaban seguridad y, juro que aún no comprendo cómo sucedió ni la rapidez con la que aconteció, las paredes comenzaron a desplomarse delante de ella. El piso se desdibujó y pasó a ser el concreto que es, gris y sin gracia alguna. Empezó a ver las manchas en los vidrios y su andar reflejaba que lo que estaba viendo era completamente nuevo. Caminaba cautelosamente, mirando a todos los que se encontraban allí y que parecían no notar que su semblante había cambiado.

Yo podía ver que cuando pensaba en Alicia reunía valor y seguía recorriendo el lugar. Tres veces dio vueltas por la sala hasta que se sentó con los otros, que habían seguido una conversación completamente trivial sin percatarse de nada. Cuando ella se acercó, se levantaron. La miraron detenidamente, sonrieron y uno le preguntó cómo estaba. Algunos se sentaron de nuevo, otros simplemente se fueron.

Temerosa volvió a abrir la boca y se sorprendió porque, aunque ella sentía que no salía nada de su garganta, nadie se escandalizaba. Parecía que ellos sí la estaban escuchando. Comenzó a pensar que el problema lo tenía ella y que tenía que pedir ayuda. Volvió a su casa y se acostó. Pensó en Alicia antes de dormirse.

Al día siguiente, regresó a la sala. A la misma. Nos sorprendimos los dos, ella desde su lugar y yo desde la central, porque cuando abrió la puerta seguía viendo el piso gris. Se dirigió a una de las mujeres, pensó cuidadosamente las palabras y sólo escuchó que utilizó cuatro de ellas. Pasó toda la tarde sentada, sonriendo a veces porque tenía miedo de que se dieran cuenta. Estaba convencida de que el problema era ella: nadie de ese lugar le haría daño. Pero no sabía cómo solucionarlo.

Yo me confié. Tengo que admitirlo.

Pasaron varias semanas y vi cómo se esforzaba en actuar con normalidad, incluso se animó a hablarlo varias veces con su par, en su casa. Creo que no actué porque estaba maravillado con lo que estaba ocurriendo; era algo fuera de lo común, tan inesperado…

Tuvo días muy complejos, experimentaba emociones diversas en poco tiempo, y supongo que habrá sido durante alguno de aquellos episodios cuando descubrió el panel en su nuca. Eso tampoco lo vi venir. De repente, estaba contemplando cómo se tocaba insistentemente la nuca, a consciencia. Cómo empezaba a descubrir con las yemas de los dedos los botones microscópicos y las palancas. No podía moverme, absorto seguí cada uno de sus pasos.

De tanto tocar el panel, sin entender bien cómo, accedió al video que mostraba quiénes habían estado manipulando su voz. Contemplé cómo lloraba, cómo se enojaba, cómo se sentía confundida. Vio tantas veces ese video que acabó entendiendo por qué esa sala había cambiado tanto. Estaba todo relacionado. Si aquellas personas le habían bajado el volumen de la voz hasta ser imperceptible, si habían estado adulterando su funcionamiento, el resto de su cuerpo había dejado de percibir seguridad allí.

Se le dilataron las pupilas, se arrancó el panel y, muy herida, pero sin notar el dolor, salió. El último pensamiento que alcancé a leer fue “Qué lástima, Alicia se pondría tan triste…”.


martes, 28 de julio de 2020

A escondidas

Un día cerraste la puerta y me dijiste "nos vemos". Creí en tus palabras, esperé pacientemente tu llamado, alguna señal de vida que demostrara interés en un encuentro.
Hasta que un día me agoté de esperar y entonces empecé. No te diste cuenta cuando llegaste porque tu mente estaba concentrada en algún otro pensamiento; pero entré con vos, atrás, con mi cuerpo bien pegado al tuyo. Creo que tarareabas algo de la música de ahora.
Tiraste la mochila en el sillón, saludaste y fuiste a tu dormitorio. Atravesé el patio, en cuclillas, y pasé por delante tuyo. Debo confesar que por un momento tuve la ilusión de que me descubrieras, de que me miraras con expresión de sorpresa y de que luego nos sentáramos a comer brownies.
Sin embargo, si esto hubiera ocurrido no tendría nada que contar. No me viste, entonces me acomodé a un costado de tu cama. Vos ya estabas en tu mundo, y así pasaron horas. Yo escuchando tus risas, tus exclamaciones de sorpresa o manifestaciones de desprecio. Me hubiera gustado saber qué mirabas en cada momento para causar esas reacciones.
Yo tenía el celular en silencio y todos creían que estaba en lo de mi abuela. Me había acomodado con un almohadón al parecer no merecedor de descansar en tu cama pero no había pensado en mi alimento, situación que me alarmó no por el hambre, sino por el sonido que en algún momento mi panza haría.
Te levantaste, después de muchos llamados, a cenar. Esa fue mi oportunidad. Sabía que por algún lado tenías cosas dulces y las encontré en una cajita,. También me acordaba de que tardabas poco en la cena así que ni bien agarré el alfajor y un par de chicles para pasar la noche, entre al baño y satisfice mis necesidades para evitar futuras urgencias.
Volví a mi escondite tres segundos antes de que se prendiera la luz y vos entraras gritando que tenías cosas que hacer.
Así me pase dos días. A escondidas. No me movía de mi lugar hasta que vos te ibas a la cocina o dormías.
Llegó el domingo y supuse que sería un día tranquilo, que dormirías hasta tarde, tu familia saldría y yo tendría oportunidad de salir aunque no había pensado cómo.
Lamentablemente te despertaste antes que yo y cuando abrí mis ojos estabas hablando por celular y decías : "Venite y media". Treinta minutos después el timbre sonó y saliste corriendo.
Escuché alboroto en el comedor, gritabas y una chica respondía a tus gritos. Se reían. Alguien había abierto la heladera y agarraba algo de un plato (oí el ruido). Las voces se acercaban y me enfurecí. Si alguien me descubría quería que fueses vos, y no otra persona rectificando tu ignorancia de mi presencia.
Hablaron de cosas que me parecían absolutamente patéticas, no por el contenido sino porque era ella con quien las hablabas. En un momento se fueron a comprar y aproveché para caminar por la habitación. Mi rabia contenida era casi imposible de soportar pero tenía presente que habías cerrado la puerta con llave. Tenía que aguantar un poco más.
Cuando entraron con las compras se reían de nuevo. Risas. Hacía mucho que no las compartías conmigo.
A eso de las 7 ella se fue de tu casa y vos le dijiste que te bañabas y que ibas "para allá" (todavía no sé dónde es ese lugar).
En el momento en el que entraste al baño me escurrí, tomé un papel y una lapicera y te escribí una nota antes de que salieras y de que, como le habías prometido, fueras "para allá".
Es sabido que aproveché esa oportunidad para salir con vos. Y de nuevo no me viste.
Hoy hace una semana que no te veo a escondidas durante más de dos horas, ayer lo volví a hacer y fue divertido porque había una reunión en tu casa y te vi durante toda la fiesta con cara amarga. Cuando se fue toda la gente salí en el medio y nadie se dio cuenta de que había estado sentada detrás de la mesa.
Retomo, acabo de colgar el teléfono.
Una voz muy familiar, que escuché sin que me hablara a mí durante mucho tiempo, me dijo en el teléfono lo siguiente:
"Lo leí, hoy hablamos" .
El problema es que ya no quiero hablar. Ahora me alimento del vínculo que yo me construí. Uno imaginario, en el que te espío, te conozco más de lo que cualquiera podría conocerte.

martes, 5 de noviembre de 2019

Regalo al cielo

Hay heridas que no cierran. Eso lo aprendo a medida que la vida y el tiempo pasa. Heridas que siempre van a molestar un poco aunque en el trajín del día a día nos distraigamos con el estudio, el trabajo, qué cenar, etc.
Esta herida nueva (natural como la vida misma) todavía me tiene un poco confundida, a veces me hace llorar, a veces me hace reír, a veces me enoja, a veces me aísla. Además, ha creado otras. Ha cambiado tantas cosas que alguna vez pensé que jamás cambiarían. Y viene el reproche. Y lo siento escalar e inundar mis ojos, lo siento en la garganta porque callo. Pero la misma herida me susurra que no es esto lo que yo aprendí, lo que aprendí de vos, así que me calmo.
Me calmo y recuerdo las risas, las anécdotas, lo bueno que me queda y que no cierra la herida, pero de alguna manera arde un poco menos.
Estos días son emocionales y no es para menos, abuela. Hoy es cinco, dentro de poco es mi cumpleaños y, como dije alguna vez, me va a faltar una torta con todo lo que eso implica. Aunque sé que no puede ser de otra manera, deseo que estés en paz, sin que duela nada.
Podría escribir tantas cosas (escribí tantas palabras que después borré), pero sólo volví a abrir el blog para regalarte algo que me pasó hace tiempo ya y que algunos conocen. Es mi regalo a lo que vos significaste y significas y también es la expresión de mis deseos. En algún momento pensé en redactarlo mejor y corregir lo que me salió ese lunes a las 6 de la mañana, cuando me desperté y no quise olvidar nada... pero no.
No puedo ni decir ni escribir "feliz cumpleaños", pero puedo pensar en celebrar que alguna vez te lo canté y ya con que hayas sido parte de mi vida, es suficiente:

12/08/2019
Sonreía. Etérea. Estábamos todos o yo sentía eso.
Aparecía y abrazaba al abuelo, les sonreía a todos. Caminaba por la cocina sonriendo. Era como si su recorrido consistiera en abrazar y decirles a todos que todo iba a estar bien. Que sonrieran. Llegaba al comedor y yo estaba impaciente, la venía siguiendo con la mirada para que me abrazara, todos querían estar con ella y ella les dedicaba unas palabras breves y reconfortantes. Algunos nos emocionábamos; sabíamos que eras un ángel, sabíamos que tu tiempo era breve.
Llegabas al comedor y era mi turno, era mi abrazo, era mi sonrisa y tu mirada llena de luz. Creo que te veía como más pequeña. Lógico. Los ángeles son eternos y etéreos, el cuerpo es solo el envase y obvio que nosotros los mortales lo necesitamos para identificar. Entonces usaste el cuerpo, pero tan lleno de luz, tan liviano.
Me abrazabas brevemente, me decías que querías verme sonreír, que me dejabas la sonrisa, que todo me iba a salir bien, me abrazabas y me decías “quedate tranquila que todos van a estar bien, que todos saben que estoy bien, estoy tranquila.” Volvías a insistirme como si fuera ya un chiste con el casamiento y con la maternidad, me asustaba porque creía que eran vaticinios, pero me decías que no, y te volvías a reír.
No me acuerdo cómo termina. Solo que estábamos en el comedor, los que habían estado en el living te habían seguido como una procesión y estaban donde podían. Alguien se había sentado en la mesa pero no recuerdo quién. Todos sabíamos que en cuanto dieras la vuelta , en cuanto fueras para la habitación te desvanecerías. Yo estaba delante de ella y vos, donde hoy está la estufa que te habían conseguido. Estabas en musculosa azul, ya no hay frío en el cielo.
Me hizo tan bien verte sonreír tanto. Me emocionó.
Yo sabía que en algún momento esto iba a pasar, en algún momento ibas a intentar darme calma. Gracias.


Siempre voy a recordarte así, y siempre voy a intentar honrarte así. "Yo soy de ti la eternidad". 

martes, 10 de mayo de 2016

¿Alguna vez pensaste que te podía pasar a vos?

“¿Alguna vez pensaste que te podía pasar a vos?” mi respuesta es siempre “por supuesto que no, fue algo totalmente inesperado y maravilloso”. Y es mentira, siempre supe que me iba a suceder, de alguna manera la vida me daba indicios.
Escribo esto a modo de diario porque tengo la sensación de que genera más impacto, de que le otorga a la historia mucho más realismo aunque omití el detalle de las fechas y algunos sucesos demasiado secundarios. Temía que desviaran la atención hacia la historia principal, aunque eso, es prácticamente imposible.
Mi intención no es escribir una gran novela ni un best seller, sino plasmar la unión de dos caminos que aparentaban tan distanciados como lo estamos de volver a ser Adán y Eva. Estoy cumpliendo con un pedido demasiado romántico como para negarme.
Pónganse cómodos, siéntense, recuéstense, colóquense en la posición que más les guste, porque lo que van a comenzar a leer los mantendrá alertas, emocionados, atrapados y, sobretodo, sorprendidos.


Julio, 2008
Día 1
Hoy me levanté con malhumor. Y cómo no estar amargada, hace semanas que intento localizar a Valentino y no hay caso, ¡desapareció! Lo peor de todo es que al final ayer me dieron los resultados de los análisis y dio negativo y hoy a la mañana mi cuerpo me dio otro negativo asi que…se escapó por algo que no existía…todavía no puedo creerlo y lo busco por todos lados para decirle a la cara lo mucho que lo odio, lo infantil que me parece y desearle el peor mal de los males seguido de un cachetazo; pero no va a pasar, su padre multimillonario y con una personalidad muy parecida a la de él (por no decir igual) le habrá comprado una isla en Europa y ahora lo abanican mujeres sexys. Pobre de él, tiene una vida muy sacrificada.
Aparte hoy empieza la temporada de vacaciones de invierno y, seguramente, Olga va a querer que me quede unas horas más porque soy la más eficiente…no soy la mas eficiente, soy la más joven.
En fin, esto de escribir me ayuda mucho, el Señor Grillas me lo recomendó en la terapia y funciona, ya que después de soltar el papel me siento con menos carga sobre mi espalda de 18 años. ¡Gracias doctor! Ahora me voy a trabajar y cuando vuelva seguiré escribiendo con mal humor, nada bueno puede pasarme… o quizás sí, no voy a volver a escribir mi sueño desde que soy una nena, pero voy a volver a afirmar que sí, que me puede pasar.
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OK, estoy muy exaltada, estoy tensa, feliz, no dejo de sonreír y mirar a todos como si alguien me hubiera regalado una vida perfecta embotellada lista para usarse.
Me quedé DOS horas fuera de mi horario, el hotel era un caos y la gente no dejaba de acercarse al mostrador para pedir las llaves de su habitación, para quejarse del color de la sábana, para felicitarme por el trabajo o para preguntarme si las paredes eran a prueba de ruidos.
Siempre con cara de póker respondía a los clientes con lo que solicitaban o simplemente agradecía, hasta que llegó al frente un muchacho que yo venía observando desde hacía rato, se movía ansioso en su lugar en la fila con el rostro tapado, ya que llevaba una boina demasiado grande para él color verde oliva.
“Hola, habitación 08… por favor” dijo con voz extraña; como yo seguía sin saber quién me hablaba (y por cuestiones de seguridad y curiosidad) le expliqué que por políticas del hotel yo debía ver el rostro y el pasaporte. Pareció incomodarlo e impacientarlo porque me extendió abruptamente el visado al tiempo que levantaba un poco la cabeza…No podía creerlo, era él, lo tenía adelante bufando porque seguramente lo que menos quería era ser descubierto y yo estaba interfiriendo en su plan. No pude evitar sonreír y mirarlo mientras le extendía la llave de la habitación 08.
Eso es todo por hoy, está en el hotel, y si fuera por mí trabajaría las 24 horas. Me taladra la cabeza miles de preguntas, para qué vino, cuánto se queda, ¿volveré a verlo? Es la segunda vez que estoy cerca de él, me considero muy afortunada.

La memoria y el olvido

El ser humano está plagado de fenómenos abstractos por su condición espiritual, y uno de ellos es la memoria. La ciencia la define como una función del cerebro de la que se encarga el hipocampo y que permite evocar información del pasado.
Si nos proponemos detallar aún más qué es lo que podríamos encontrar si fuera una especie de caja y la abriésemos, encontraríamos olores, sabores, imágenes, sonidos y por qué no: sensaciones ante algún estímulo, emociones y sentimientos. La memoria abarca a todo el ser humano, es su identidad.
Cuando nos presentamos ante alguien la ejercitamos sin percatarnos de ello: nos acordamos de nuestro nombre, de nuestra edad, profesión, estudios, y cualquier dato del que dependa la conversación; es decir, si nos encontramos conociendo alguna amistad de un integrante de nuestra familia tomamos de la memoria el vínculo que nos une; constantemente utilizamos la información de este centinela del cerebro, como diría William Shakespare.
Es un proceso estudiado a lo largo de los años y que, sin embargo, aún hoy es imposible explicar cómo se organiza “sola” la información que allí se alberga. Siempre estuvo allí, es natural del hombre y, sin embargo, no podemos definirla en su totalidad.
Hay quienes dicen que poseen lo que se llama “memoria selectiva” y que, a mi entender, no es más que desechar aquellas situaciones no gratas, no satisfactorias o que generan un malestar. Esto es imposible; la memoria está ligada íntimamente con nuestros sentimientos y nuestras emociones pero es arbitraria y se limita a cumplir con su misión: llenarse de toda la información que provenga del exterior o del interior de la persona (como ser reflexiones). Quitar de la memoria algún hecho o una imagen de un objeto es un trabajo arduo para nuestro cerebro y el ser humano por sí solo no es capaz de lograrlo.
Es delicioso y satisfactorio cuando recordamos rápidamente un objeto o una situación, sea porque es una imagen (sonora, visual o sensorial entre otras) reciente y la memoria la alberga en la “capa” más cercana al consciente o, por el contrario, está alojada en una de las capas más lejanas pero que guarda una significación importante para nosotros. Un ejemplo de esto último podría ser que nos acordamos de la música que sonaba en la fiesta cuando nuestra pareja nos propuso bailar.
Sobre el tema de las “capas” de la memoria voy a detenerme lo suficiente como para que se comprenda del todo mi imagen de lo que es la memoria.
En un extremo de nuestro cerebro se encuentra la conciencia y en el otro nuestro inconsciente. La memoria sería como una esponja que roza estos dos extremos sin tocarlos y que percibe en sus lados laterales las emociones o las sensaciones que se unen a un hecho o un objeto determinado. Sucede que cuando la información ingresa a esta esponja puede tener dos destinos: o bien se queda cerca del consciente por ser necesaria en lo cotidiano, o va atravesando las capas hasta llegar a la más próxima al inconsciente –que es la que más se resiste a “prestarnos” datos de manera inmediata-. Pero, como toda esponja, también ocurre que algunas imágenes les ceden su lugar a otras y allí es cuando decimos que ocurre el olvido.
Desde San Agustín, que en sus Confesiones da su punto de vista de la memoria y el olvido, nos encontramos con una dificultad básica: si el olvido es la carencia de memoria, ¿cómo sabemos qué es olvido? No puede ser que lo adquiramos experimentándolo, porque si esto fuese así, lógicamente lo “olvidaríamos”. Resulta que es innato en el ser humano, como la memoria, y aún es un hecho inexplicable cómo tenemos conocimiento acerca de lo que es.
De igual manera no existe un olvido total de las cosas, solamente se alojan en la capa más cercana al inconsciente y, sólo accediendo a él, podemos rescatar la información que ni siquiera sabíamos que continuábamos albergando. En muchas ocasiones intentamos recordar y no lo logramos hasta que pasa un tiempo, y esto se debe a que la memoria almacena de manera organizada las imágenes que a ella llegan: por un lado están los olores, los relacionados a experiencias agradables y a experiencias desagradables; las imágenes visuales, igualmente divididas; y así sucesivamente. De esta manera, el ser humano envía aquella información que le genera malestar hacia las capas más cercanas al inconsciente para no tenerlas presentes cotidianamente; aunque, también sucede que la memoria “decide” ella misma qué datos quedan en qué extremo de ella.
En resumen, la memoria es una facultad del ser humano de inmensa utilidad y complejidad, gracias a ella podemos entablar conversaciones, establecer relaciones y desarrollarnos como persona, entre otras cosas; y, el olvido, inmensamente relacionado con la memoria, significa la ausencia de ésta, a veces por un tiempo prolongado y otras con duración más breve.