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martes, 10 de mayo de 2016

La memoria y el olvido

El ser humano está plagado de fenómenos abstractos por su condición espiritual, y uno de ellos es la memoria. La ciencia la define como una función del cerebro de la que se encarga el hipocampo y que permite evocar información del pasado.
Si nos proponemos detallar aún más qué es lo que podríamos encontrar si fuera una especie de caja y la abriésemos, encontraríamos olores, sabores, imágenes, sonidos y por qué no: sensaciones ante algún estímulo, emociones y sentimientos. La memoria abarca a todo el ser humano, es su identidad.
Cuando nos presentamos ante alguien la ejercitamos sin percatarnos de ello: nos acordamos de nuestro nombre, de nuestra edad, profesión, estudios, y cualquier dato del que dependa la conversación; es decir, si nos encontramos conociendo alguna amistad de un integrante de nuestra familia tomamos de la memoria el vínculo que nos une; constantemente utilizamos la información de este centinela del cerebro, como diría William Shakespare.
Es un proceso estudiado a lo largo de los años y que, sin embargo, aún hoy es imposible explicar cómo se organiza “sola” la información que allí se alberga. Siempre estuvo allí, es natural del hombre y, sin embargo, no podemos definirla en su totalidad.
Hay quienes dicen que poseen lo que se llama “memoria selectiva” y que, a mi entender, no es más que desechar aquellas situaciones no gratas, no satisfactorias o que generan un malestar. Esto es imposible; la memoria está ligada íntimamente con nuestros sentimientos y nuestras emociones pero es arbitraria y se limita a cumplir con su misión: llenarse de toda la información que provenga del exterior o del interior de la persona (como ser reflexiones). Quitar de la memoria algún hecho o una imagen de un objeto es un trabajo arduo para nuestro cerebro y el ser humano por sí solo no es capaz de lograrlo.
Es delicioso y satisfactorio cuando recordamos rápidamente un objeto o una situación, sea porque es una imagen (sonora, visual o sensorial entre otras) reciente y la memoria la alberga en la “capa” más cercana al consciente o, por el contrario, está alojada en una de las capas más lejanas pero que guarda una significación importante para nosotros. Un ejemplo de esto último podría ser que nos acordamos de la música que sonaba en la fiesta cuando nuestra pareja nos propuso bailar.
Sobre el tema de las “capas” de la memoria voy a detenerme lo suficiente como para que se comprenda del todo mi imagen de lo que es la memoria.
En un extremo de nuestro cerebro se encuentra la conciencia y en el otro nuestro inconsciente. La memoria sería como una esponja que roza estos dos extremos sin tocarlos y que percibe en sus lados laterales las emociones o las sensaciones que se unen a un hecho o un objeto determinado. Sucede que cuando la información ingresa a esta esponja puede tener dos destinos: o bien se queda cerca del consciente por ser necesaria en lo cotidiano, o va atravesando las capas hasta llegar a la más próxima al inconsciente –que es la que más se resiste a “prestarnos” datos de manera inmediata-. Pero, como toda esponja, también ocurre que algunas imágenes les ceden su lugar a otras y allí es cuando decimos que ocurre el olvido.
Desde San Agustín, que en sus Confesiones da su punto de vista de la memoria y el olvido, nos encontramos con una dificultad básica: si el olvido es la carencia de memoria, ¿cómo sabemos qué es olvido? No puede ser que lo adquiramos experimentándolo, porque si esto fuese así, lógicamente lo “olvidaríamos”. Resulta que es innato en el ser humano, como la memoria, y aún es un hecho inexplicable cómo tenemos conocimiento acerca de lo que es.
De igual manera no existe un olvido total de las cosas, solamente se alojan en la capa más cercana al inconsciente y, sólo accediendo a él, podemos rescatar la información que ni siquiera sabíamos que continuábamos albergando. En muchas ocasiones intentamos recordar y no lo logramos hasta que pasa un tiempo, y esto se debe a que la memoria almacena de manera organizada las imágenes que a ella llegan: por un lado están los olores, los relacionados a experiencias agradables y a experiencias desagradables; las imágenes visuales, igualmente divididas; y así sucesivamente. De esta manera, el ser humano envía aquella información que le genera malestar hacia las capas más cercanas al inconsciente para no tenerlas presentes cotidianamente; aunque, también sucede que la memoria “decide” ella misma qué datos quedan en qué extremo de ella.
En resumen, la memoria es una facultad del ser humano de inmensa utilidad y complejidad, gracias a ella podemos entablar conversaciones, establecer relaciones y desarrollarnos como persona, entre otras cosas; y, el olvido, inmensamente relacionado con la memoria, significa la ausencia de ésta, a veces por un tiempo prolongado y otras con duración más breve.

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