Qué difícil, diferente y necesario que es hacer esto. Dista mucho de lo que pude expresar la vez anterior; es otro duelo.
Desde hace unas semanas estoy pensando en este día, por muchas razones, y
fue el martes que volviendo a mi casa me di cuenta de un cambio en el frente de
un edificio que me afectó; casi me bajo del colectivo para corroborar lo que había
visto. Los más escépticos dirán que es una coincidencia, pero no podrán negar
lo extraña que es la coincidencia. Todos los días de la semana me tomo la misma
línea de colectivos cuando salgo del trabajo, todos los días de la semana me
quedo mirando ese frente -o me quedaba mirando, mejor dicho- e
involuntariamente sonrío -o sonreía. Sin embargo, desde este martes, no voy a
poder leer “Pekelandia” y pensar que así llamabas a la casa que compartías con
tus amigos. No es que el salón de fiestas me vuelva nostálgica, es que me pongo
a pensar, y ahora el cartel todo negro me hizo acordar también a un cuento de
Borges, y no cualquier cuento: “El Aleph”. En las primeras líneas, el narrador
reflexiona sobre la muerte de Beatriz y piensa: La candente mañana de
febrero en que Beatriz Viterbo murió, después de una imperiosa agonía que no se
rebajó un solo instante ni al sentimentalismo ni al miedo, noté que las
carteleras de fierro de la Plaza Constitución habían renovado no sé qué aviso
de cigarrillos rubios; el hecho me dolió, pues comprendí que el incesante y
vasto universo ya se apartaba de ella y que ese cambio era el primero de una
serie infinita. Cambiará el universo pero yo no, pensé con melancólica vanidad.
Yo desde ese instante en el que
vi el frente de Pekelandia todo negro, sin rastros de los colores, me siento
como el Borges del cuento. ¿Qué es esta frustración de que el mundo sigue su
curso, de que los carteles cambian, ignorantes e indiferentes, sin vos? Después
me acuerdo que me prometí redirigir ese tipo de emociones, no negarlas ni
reprimirlas, transitarlas, pero no ahogarme en ellas. Cuando salgo de esa
frustración me encuentro con otras emociones y sensaciones, tampoco fáciles,
pero que siento que te merecen más.
Gonza, todavía no puedo decir tu
nombre, ni escribirlo, sin sentir que se me quiebra la voz o se me humedece la
mirada. No sé cuánto me va a llevar la verdad, pero eso no significa que te
recuerde dentro de una burbuja de tristeza, eso lo separo de vos, tristeza me
dan las circunstancias y mil de eventos relacionados más, pero tu nombre no. Tu
nombre siempre va a significar admiración, cariño, diversión y respeto. Todas
las personas que se hayan cruzado con vos me van a dar la razón, estoy segura
de eso. Sea del tipo de relación que sea, nadie puede recordarte y honrarte con
palabras diferentes a esas. Agregarán más, pero no pueden cambiarlas, sacarlas.
Gonza, feliz cumple. Feliz cumple
al primo con el que compartía la menta granizada, al heladero más lindo que teníamos
los domingos, al primo con el que compartí charlas interminables, con el que
había empezado una tradición impulsada por su interés en contribuir en la felicidad
del otro siempre un poco más. Feliz cumple, Gonza, no espero que estés en paz
porque sé que lo estás. Como también estás cada vez que te cuento cada cosita de
la editorial que ocurre y que te voy a volver a contar cuando nos encontremos otra
vez y te vea sonreír, no solo con la boca, sino con los ojos también, igual que
siempre. Beso al cielo.
Te dejo esta canción, vos sabés las razones:
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