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miércoles, 29 de julio de 2020

El panel

Un día cualquiera del 2019, uno que no sé a ciencia cierta cuál entre todos los caóticos de ese año, descubrió el panel en su nuca. Lo descubrió, obviamente, porque otras personas le expusieron su existencia. Estaba en la gran esfera que habíamos construido para ella.

Antes, cada vez que salía de su casa, creía que el mundo era bastante difícil, pero que tenía algunas cosas controladas. Le gustaba sentir cierto orden, cierta estabilidad. Aunque a veces me preocupaban sus preguntas sobre el verdadero sentido de la vida, en general, podía controlarla recordándole lo mucho que le gustaba leer. Hasta que un día quiso hablar y no salió nada.

Repito, no sé en qué momento específico ni cómo. Pero abrió la boca, articuló todo lo que hay que articular para producir sonidos (palabras) y no se escuchó nada. Se desesperó. Intentó encontrar razones verosímiles, probó echarles la culpa a cuestiones abstractas, a acontecimientos recientes, pero, ignoro por qué, sabía que habían sido personas de carne y hueso.

Corriendo se dirigió a una de las salas que le proporcionaban seguridad y, juro que aún no comprendo cómo sucedió ni la rapidez con la que aconteció, las paredes comenzaron a desplomarse delante de ella. El piso se desdibujó y pasó a ser el concreto que es, gris y sin gracia alguna. Empezó a ver las manchas en los vidrios y su andar reflejaba que lo que estaba viendo era completamente nuevo. Caminaba cautelosamente, mirando a todos los que se encontraban allí y que parecían no notar que su semblante había cambiado.

Yo podía ver que cuando pensaba en Alicia reunía valor y seguía recorriendo el lugar. Tres veces dio vueltas por la sala hasta que se sentó con los otros, que habían seguido una conversación completamente trivial sin percatarse de nada. Cuando ella se acercó, se levantaron. La miraron detenidamente, sonrieron y uno le preguntó cómo estaba. Algunos se sentaron de nuevo, otros simplemente se fueron.

Temerosa volvió a abrir la boca y se sorprendió porque, aunque ella sentía que no salía nada de su garganta, nadie se escandalizaba. Parecía que ellos sí la estaban escuchando. Comenzó a pensar que el problema lo tenía ella y que tenía que pedir ayuda. Volvió a su casa y se acostó. Pensó en Alicia antes de dormirse.

Al día siguiente, regresó a la sala. A la misma. Nos sorprendimos los dos, ella desde su lugar y yo desde la central, porque cuando abrió la puerta seguía viendo el piso gris. Se dirigió a una de las mujeres, pensó cuidadosamente las palabras y sólo escuchó que utilizó cuatro de ellas. Pasó toda la tarde sentada, sonriendo a veces porque tenía miedo de que se dieran cuenta. Estaba convencida de que el problema era ella: nadie de ese lugar le haría daño. Pero no sabía cómo solucionarlo.

Yo me confié. Tengo que admitirlo.

Pasaron varias semanas y vi cómo se esforzaba en actuar con normalidad, incluso se animó a hablarlo varias veces con su par, en su casa. Creo que no actué porque estaba maravillado con lo que estaba ocurriendo; era algo fuera de lo común, tan inesperado…

Tuvo días muy complejos, experimentaba emociones diversas en poco tiempo, y supongo que habrá sido durante alguno de aquellos episodios cuando descubrió el panel en su nuca. Eso tampoco lo vi venir. De repente, estaba contemplando cómo se tocaba insistentemente la nuca, a consciencia. Cómo empezaba a descubrir con las yemas de los dedos los botones microscópicos y las palancas. No podía moverme, absorto seguí cada uno de sus pasos.

De tanto tocar el panel, sin entender bien cómo, accedió al video que mostraba quiénes habían estado manipulando su voz. Contemplé cómo lloraba, cómo se enojaba, cómo se sentía confundida. Vio tantas veces ese video que acabó entendiendo por qué esa sala había cambiado tanto. Estaba todo relacionado. Si aquellas personas le habían bajado el volumen de la voz hasta ser imperceptible, si habían estado adulterando su funcionamiento, el resto de su cuerpo había dejado de percibir seguridad allí.

Se le dilataron las pupilas, se arrancó el panel y, muy herida, pero sin notar el dolor, salió. El último pensamiento que alcancé a leer fue “Qué lástima, Alicia se pondría tan triste…”.


martes, 28 de julio de 2020

A escondidas

Un día cerraste la puerta y me dijiste "nos vemos". Creí en tus palabras, esperé pacientemente tu llamado, alguna señal de vida que demostrara interés en un encuentro.
Hasta que un día me agoté de esperar y entonces empecé. No te diste cuenta cuando llegaste porque tu mente estaba concentrada en algún otro pensamiento; pero entré con vos, atrás, con mi cuerpo bien pegado al tuyo. Creo que tarareabas algo de la música de ahora.
Tiraste la mochila en el sillón, saludaste y fuiste a tu dormitorio. Atravesé el patio, en cuclillas, y pasé por delante tuyo. Debo confesar que por un momento tuve la ilusión de que me descubrieras, de que me miraras con expresión de sorpresa y de que luego nos sentáramos a comer brownies.
Sin embargo, si esto hubiera ocurrido no tendría nada que contar. No me viste, entonces me acomodé a un costado de tu cama. Vos ya estabas en tu mundo, y así pasaron horas. Yo escuchando tus risas, tus exclamaciones de sorpresa o manifestaciones de desprecio. Me hubiera gustado saber qué mirabas en cada momento para causar esas reacciones.
Yo tenía el celular en silencio y todos creían que estaba en lo de mi abuela. Me había acomodado con un almohadón al parecer no merecedor de descansar en tu cama pero no había pensado en mi alimento, situación que me alarmó no por el hambre, sino por el sonido que en algún momento mi panza haría.
Te levantaste, después de muchos llamados, a cenar. Esa fue mi oportunidad. Sabía que por algún lado tenías cosas dulces y las encontré en una cajita,. También me acordaba de que tardabas poco en la cena así que ni bien agarré el alfajor y un par de chicles para pasar la noche, entre al baño y satisfice mis necesidades para evitar futuras urgencias.
Volví a mi escondite tres segundos antes de que se prendiera la luz y vos entraras gritando que tenías cosas que hacer.
Así me pase dos días. A escondidas. No me movía de mi lugar hasta que vos te ibas a la cocina o dormías.
Llegó el domingo y supuse que sería un día tranquilo, que dormirías hasta tarde, tu familia saldría y yo tendría oportunidad de salir aunque no había pensado cómo.
Lamentablemente te despertaste antes que yo y cuando abrí mis ojos estabas hablando por celular y decías : "Venite y media". Treinta minutos después el timbre sonó y saliste corriendo.
Escuché alboroto en el comedor, gritabas y una chica respondía a tus gritos. Se reían. Alguien había abierto la heladera y agarraba algo de un plato (oí el ruido). Las voces se acercaban y me enfurecí. Si alguien me descubría quería que fueses vos, y no otra persona rectificando tu ignorancia de mi presencia.
Hablaron de cosas que me parecían absolutamente patéticas, no por el contenido sino porque era ella con quien las hablabas. En un momento se fueron a comprar y aproveché para caminar por la habitación. Mi rabia contenida era casi imposible de soportar pero tenía presente que habías cerrado la puerta con llave. Tenía que aguantar un poco más.
Cuando entraron con las compras se reían de nuevo. Risas. Hacía mucho que no las compartías conmigo.
A eso de las 7 ella se fue de tu casa y vos le dijiste que te bañabas y que ibas "para allá" (todavía no sé dónde es ese lugar).
En el momento en el que entraste al baño me escurrí, tomé un papel y una lapicera y te escribí una nota antes de que salieras y de que, como le habías prometido, fueras "para allá".
Es sabido que aproveché esa oportunidad para salir con vos. Y de nuevo no me viste.
Hoy hace una semana que no te veo a escondidas durante más de dos horas, ayer lo volví a hacer y fue divertido porque había una reunión en tu casa y te vi durante toda la fiesta con cara amarga. Cuando se fue toda la gente salí en el medio y nadie se dio cuenta de que había estado sentada detrás de la mesa.
Retomo, acabo de colgar el teléfono.
Una voz muy familiar, que escuché sin que me hablara a mí durante mucho tiempo, me dijo en el teléfono lo siguiente:
"Lo leí, hoy hablamos" .
El problema es que ya no quiero hablar. Ahora me alimento del vínculo que yo me construí. Uno imaginario, en el que te espío, te conozco más de lo que cualquiera podría conocerte.