Un día cualquiera
del 2019, uno que no sé a ciencia cierta cuál entre todos los caóticos de ese
año, descubrió el panel en su nuca. Lo descubrió, obviamente, porque otras
personas le expusieron su existencia. Estaba en la gran esfera que habíamos
construido para ella.
Antes, cada vez
que salía de su casa, creía que el mundo era bastante difícil, pero que tenía
algunas cosas controladas. Le gustaba sentir cierto orden, cierta estabilidad.
Aunque a veces me preocupaban sus preguntas sobre el verdadero sentido de la
vida, en general, podía controlarla recordándole lo mucho que le gustaba leer.
Hasta que un día quiso hablar y no salió nada.
Repito, no sé en
qué momento específico ni cómo. Pero abrió la boca, articuló todo lo que hay
que articular para producir sonidos (palabras) y no se escuchó nada. Se
desesperó. Intentó encontrar razones verosímiles, probó echarles la culpa a
cuestiones abstractas, a acontecimientos recientes, pero, ignoro por qué, sabía
que habían sido personas de carne y hueso.
Corriendo se
dirigió a una de las salas que le proporcionaban seguridad y, juro que aún no
comprendo cómo sucedió ni la rapidez con la que aconteció, las paredes
comenzaron a desplomarse delante de ella. El piso se desdibujó y pasó a ser el
concreto que es, gris y sin gracia alguna. Empezó a ver las manchas en los
vidrios y su andar reflejaba que lo que estaba viendo era completamente nuevo.
Caminaba cautelosamente, mirando a todos los que se encontraban allí y que
parecían no notar que su semblante había cambiado.
Yo podía ver que
cuando pensaba en Alicia reunía valor y seguía recorriendo el lugar. Tres veces
dio vueltas por la sala hasta que se sentó con los otros, que habían seguido
una conversación completamente trivial sin percatarse de nada. Cuando ella se
acercó, se levantaron. La miraron detenidamente, sonrieron y uno le preguntó
cómo estaba. Algunos se sentaron de nuevo, otros simplemente se fueron.
Temerosa volvió a
abrir la boca y se sorprendió porque, aunque ella sentía que no salía nada de
su garganta, nadie se escandalizaba. Parecía que ellos sí la estaban
escuchando. Comenzó a pensar que el problema lo tenía ella y que tenía que
pedir ayuda. Volvió a su casa y se acostó. Pensó en Alicia antes de dormirse.
Al día siguiente,
regresó a la sala. A la misma. Nos sorprendimos los dos, ella desde su lugar y
yo desde la central, porque cuando abrió la puerta seguía viendo el piso gris.
Se dirigió a una de las mujeres, pensó cuidadosamente las palabras y sólo
escuchó que utilizó cuatro de ellas. Pasó toda la tarde sentada, sonriendo a
veces porque tenía miedo de que se dieran cuenta. Estaba convencida de que el
problema era ella: nadie de ese lugar le haría daño. Pero no sabía cómo
solucionarlo.
Yo me confié.
Tengo que admitirlo.
Pasaron varias
semanas y vi cómo se esforzaba en actuar con normalidad, incluso se animó a
hablarlo varias veces con su par, en su casa. Creo que no actué porque estaba
maravillado con lo que estaba ocurriendo; era algo fuera de lo común, tan
inesperado…
Tuvo días muy
complejos, experimentaba emociones diversas en poco tiempo, y supongo que habrá
sido durante alguno de aquellos episodios cuando descubrió el panel en su nuca.
Eso tampoco lo vi venir. De repente, estaba contemplando cómo se tocaba
insistentemente la nuca, a consciencia. Cómo empezaba a descubrir con las yemas
de los dedos los botones microscópicos y las palancas. No podía moverme,
absorto seguí cada uno de sus pasos.
De tanto tocar el
panel, sin entender bien cómo, accedió al video que mostraba quiénes habían
estado manipulando su voz. Contemplé cómo lloraba, cómo se enojaba, cómo se
sentía confundida. Vio tantas veces ese video que acabó entendiendo por qué esa
sala había cambiado tanto. Estaba todo relacionado. Si aquellas personas le
habían bajado el volumen de la voz hasta ser imperceptible, si habían estado
adulterando su funcionamiento, el resto de su cuerpo había dejado de percibir
seguridad allí.
Se le dilataron
las pupilas, se arrancó el panel y, muy herida, pero sin notar el dolor, salió.
El último pensamiento que alcancé a leer fue “Qué lástima, Alicia se pondría
tan triste…”.