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martes, 5 de noviembre de 2019

Regalo al cielo

Hay heridas que no cierran. Eso lo aprendo a medida que la vida y el tiempo pasa. Heridas que siempre van a molestar un poco aunque en el trajín del día a día nos distraigamos con el estudio, el trabajo, qué cenar, etc.
Esta herida nueva (natural como la vida misma) todavía me tiene un poco confundida, a veces me hace llorar, a veces me hace reír, a veces me enoja, a veces me aísla. Además, ha creado otras. Ha cambiado tantas cosas que alguna vez pensé que jamás cambiarían. Y viene el reproche. Y lo siento escalar e inundar mis ojos, lo siento en la garganta porque callo. Pero la misma herida me susurra que no es esto lo que yo aprendí, lo que aprendí de vos, así que me calmo.
Me calmo y recuerdo las risas, las anécdotas, lo bueno que me queda y que no cierra la herida, pero de alguna manera arde un poco menos.
Estos días son emocionales y no es para menos, abuela. Hoy es cinco, dentro de poco es mi cumpleaños y, como dije alguna vez, me va a faltar una torta con todo lo que eso implica. Aunque sé que no puede ser de otra manera, deseo que estés en paz, sin que duela nada.
Podría escribir tantas cosas (escribí tantas palabras que después borré), pero sólo volví a abrir el blog para regalarte algo que me pasó hace tiempo ya y que algunos conocen. Es mi regalo a lo que vos significaste y significas y también es la expresión de mis deseos. En algún momento pensé en redactarlo mejor y corregir lo que me salió ese lunes a las 6 de la mañana, cuando me desperté y no quise olvidar nada... pero no.
No puedo ni decir ni escribir "feliz cumpleaños", pero puedo pensar en celebrar que alguna vez te lo canté y ya con que hayas sido parte de mi vida, es suficiente:

12/08/2019
Sonreía. Etérea. Estábamos todos o yo sentía eso.
Aparecía y abrazaba al abuelo, les sonreía a todos. Caminaba por la cocina sonriendo. Era como si su recorrido consistiera en abrazar y decirles a todos que todo iba a estar bien. Que sonrieran. Llegaba al comedor y yo estaba impaciente, la venía siguiendo con la mirada para que me abrazara, todos querían estar con ella y ella les dedicaba unas palabras breves y reconfortantes. Algunos nos emocionábamos; sabíamos que eras un ángel, sabíamos que tu tiempo era breve.
Llegabas al comedor y era mi turno, era mi abrazo, era mi sonrisa y tu mirada llena de luz. Creo que te veía como más pequeña. Lógico. Los ángeles son eternos y etéreos, el cuerpo es solo el envase y obvio que nosotros los mortales lo necesitamos para identificar. Entonces usaste el cuerpo, pero tan lleno de luz, tan liviano.
Me abrazabas brevemente, me decías que querías verme sonreír, que me dejabas la sonrisa, que todo me iba a salir bien, me abrazabas y me decías “quedate tranquila que todos van a estar bien, que todos saben que estoy bien, estoy tranquila.” Volvías a insistirme como si fuera ya un chiste con el casamiento y con la maternidad, me asustaba porque creía que eran vaticinios, pero me decías que no, y te volvías a reír.
No me acuerdo cómo termina. Solo que estábamos en el comedor, los que habían estado en el living te habían seguido como una procesión y estaban donde podían. Alguien se había sentado en la mesa pero no recuerdo quién. Todos sabíamos que en cuanto dieras la vuelta , en cuanto fueras para la habitación te desvanecerías. Yo estaba delante de ella y vos, donde hoy está la estufa que te habían conseguido. Estabas en musculosa azul, ya no hay frío en el cielo.
Me hizo tan bien verte sonreír tanto. Me emocionó.
Yo sabía que en algún momento esto iba a pasar, en algún momento ibas a intentar darme calma. Gracias.


Siempre voy a recordarte así, y siempre voy a intentar honrarte así. "Yo soy de ti la eternidad".