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sábado, 23 de abril de 2016

Legere, interpretare, vivere

"Legere, interpretare, vivere". Así. Así soy. Así es la vida. Así leo, interpreto y vivo la vida. 
¿Por qué? Porque todo, absolutamente todo, quiere ser leído, quiere ser interpretado y, consecuentemente, vivido. Cada objeto o acontecimiento con el que nos topamos, cada vestimenta que observamos o cada objeto que se nos presenta es víctima de nuestra lectura. No podemos dejar de hacerlo porque estamos permanentemente comunicándonos con el medio e intentando entenderlo y así, sacar nuestras propias conclusiones; aunque sea inconscientemente la gran mayoría de las veces. 
Es por esta razón que me parece irónico y divertido cuando alguien dice "a mí no me gusta leer" ¿Cómo? ¿Cómo podes negar lo que haces constantemente con todo lo que te rodea? 
Hoy inauguro este espacio, otro más. Hoy obedezco el impulso que me viene persiguiendo y pisando los talones hace varias semanas y que intento ignorar entre tantas obligaciones. Hoy me alcanzó y me sobrepasó, me ahogó en su inmaterialidad. Creo que lo hizo a propósito, creo que ayer acumuló fuerzas porque hoy no es un día cualquiera, porque hoy es 23 de abril y es oportuno. Me encanta tener esta manía de otorgarle a los hechos que me rodean una significación y una importancia mayor de la que realmente (¿o aparentemente?) tienen.
Decía que es oportuno porque creo que no tengo mejor carta de presentación que la palabra "libros". Hace un tiempo escribí sobre ellos, conté escueta y sencillamente lo que significan en mi vida: 
Para presentarme a mí, tengo que presentarlos a ellos.
Casi sola aprendí a entenderlos y a medida que fui creciendo 
pude elaborar conclusiones sobre su físico y forma de expresarse.
Eternos compañeros, amigos que no hablan pero que siempre tienen algo para decir.
Viejos, jóvenes,
con dibujos y sin ellos,
grises y coloridos,
con tapas rotas y hojas desprendidas o en perfecto estado,
leídos mil veces o nunca terminados,
con frases cortas y simples u oraciones enroscadas, 
recomendados o encontrados.
Todos, todos ellos tienen algo mío y yo algo de ellos.
Porque los que tengo en mi poder no tolerarían estar con otras personas (yo lo sé)
y yo tampoco podría ser yo sin mis libros.
Y lo sigo sosteniendo: para presentarme a mí, tengo que presentarlos a ellos. Qué grande que es la fuerza que ejercen sobre mí, puedo compararla con la gravitatoria, y qué lindo que se siente no poder controlarla. Qué gratificante me resulta mirar mi biblioteca y saber que voy a quintuplicarla a medida que pasen los años, qué extraño el símil que siempre se me viene a la mente cuando mi cuello se quiebra al pasar por una librería: "parezco un hombre desnucándose por una piba que pasó por al lado". 
Es mirar por un segundo el lomo y saber qué emoción y sentimiento me unen a ese libro, qué anécdota me evoca y cuánto aprecio le tengo. No puedo evitar tomar prestado el término "horrocrux" de J. K. Rowling: mi alma se encuentra en cada uno de los libros, para conocerme bien y profundamente, basta con mirar los títulos que adornan mi biblioteca y los que quiero. 
No imagino un mundo sin libros porque sería negarme a mí misma, carezco de la capacidad para pensar cómo serían las cosas sin mí, no por egocentrismo, sino porque sencillamente las cosas son como yo las veo, como yo las interpreto y como yo las vivo ¿quién puede desdoblarse tanto? 
No sé cómo terminar esto y me horroriza. Me fascina y me horroriza a la vez porque quiero que lo que escribo tenga un orden y a la vez no, porque soy estructura y caos, porque en esta oportunidad no voy a corregir nada: si se repite un término así se queda, así lo sentí y en una producción como esta, tan personal, tan subjetiva poco tiene que importarme. 
“Siempre imaginé que el Paraíso sería algún tipo de biblioteca”. Jorge Luis Borges
¡Feliz día del libro!
Y de los derechos de autor, por supuesto.